miércoles, 12 de junio de 2019

Líquido


Es un navegante sin barco.
Los únicos remos que conoce son las teclas del ordenador,
o una pantalla táctil que le roba el alma a las yemas de sus dedos.
Lee las historias de desconocidos buscando verse a sí mismo en el punto final,
escucha canciones con dedicatorias ajenas hasta que
las melodías se cuelan dentro de sus oídos provocando
recuerdos fabricados.
Es un navegante sin barco
y el mapa del viaje se puede leer en las pesadas bolsas
que cuelgan de sus ojos.
Sueña con pequeñas ínsulas de palabras escritas por él,
para que el día de mañana algún otro repita su destino,
sumergido en una vida intermitente que se derrama
como una cascada artificial, en venta.

Distracción


Emilia estaba harta de escuchar el sonsonete inentendible del profesor de inglés, entonces decidió mirar por la ventana y despejarse lanzando la vista para cualquier parte. En el edificio de en frente había un pájaro blanco metido en una jaula y una anciana parecía estar cambiándole la comida. Se escuchó un estruendo sobre su pupitre y al volver los ojos al fentre, su vista se encontró con la del maestro que la miraba desafiante. Sacó su cuaderno y comenzó a anotar en desorden lo escrito en el tablero, pero después de un rato se distrajo de nuevo mirando a la ventana. El pájaro ya no estaba en la jaula, se encontraba posado en el hombro de la anciana, mientras ella miraba la televisión. El maestro pidió que sacaran una hoja y así se hizo. Emilia no tenía idea si quiera de lo que estaba escribiendo en el papel. Mientras fingía escribir algo, miró a la ventana de nuevo y observó que el pájaro picaba la oreja de anciana; miró con más cuidado y notó que el pájaro halaba con el pico un hilo ensangrentado que venía del interior del oído de la mujer. Gritó horrorizada en medio de la clase y el profesor vociferó algo que no pudo entender, pero leyó en su cara que debía salir del salón. Cuando Emilia salió del edificio vio un remolino blanco bajar a toda prisa del cielo, acompañado de chillidos estridentes; sintió un aleteo seco, el arañazo de unas uñas puntiagudas en el hombro, el roce de unas plumas en su mejilla y un dolor fulminante en el oído.

viernes, 17 de mayo de 2019

Urbanalidades


Mientras todos van de fiesta
me he quedado sepultada entre mi balcón y la luna,
callada,
masturbándo a las luces eléctricas:
la ciudad gime estruendo de bares,
de pasos que buscan la nada,
de heridas de ruedas en las calles,
de sabor a cerveza,
de olor a humo extinto,
de volumen desvanecido
que hace más ténue
el anaranjado orgasmo de la madrugada,
mientras los grisáceos jardines,
sienten en la cara 
el rocío de su placer. 


martes, 5 de marzo de 2019

Un cuento de acción


…El detective Fernández estaba en plena persecución, la avenida séptima de la capital estaba llena de pólvora. Fernández lograba esquivar las balas echando su cuerpo para atrás, sosteniéndose con astucia del techo de la patrulla. Inmediatamente respondía los disparos de sus contrincantes, encajándole a cada uno un tiro en medio de las cejas; estos iban cayendo por las ventanas laterales de camionetas negras y blindadas, manchando de sangre el pavimento.

Ya solo quedaba un auto en movimiento. Fernández sabía que era su compañero, Rendón, quien estaba a bordo del mismo; había trabajado con él veinte años, pero ahora, indiscutiblemente era el infiltrado de las mafias del narcotráfico en la policía. La caravana de tiros se encaminaba hacia el centro de la ciudad, mientras el cerro iluminado de Monserrate los observaba parpadeando. Una bala se incrustó en el brazo de Fernández y tuvo que volver a entrar en el vehículo.

La camioneta negra logró cerrar el paso a la patrulla. Rendón le dio un disparo al conductor, quedando así frente a frente con Fernández, quien únicamente contaba con una bala en su revólver. Cuando el dedo de Rendón apretaba el gatillo, de pronto se oyó un estruendo y cayó de espaldas. El conductor de la patrulla, apenas vivo, le disparó en la nuca con las últimas fuerzas que le quedaban. 

—¡Eeeeeeee!, perdieron los malos. ¡El detective Fernández es el mejor!. ¿De verdad así de emocionante es tu trabajo papito?

—Sí, hijo, incluso muchísimo más- dijo el Sargento Fernández mientras hacía una pose heroica. —Te quiero Dieguito. Duérmete ya, mañana te cuento otra historia del trabajo. —besó la frente del niño, apagó la luz y salió del cuarto. Pensó que tal vez sería mejor leerle un cuento real, de algún escritor renombrado de novela policiaca o algo así. Se lo compraría en los próximos días, ya solo era cuestión de esperar para que llegase el próximo soborno.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Monólogo causado por ahogarse con un Piel Roja mientras veía por quinta vez Kill Bill, en lugar de leer a Borges.


Si me dijeran que describiese la Candelaria en una palabra, sin dudar, sin cruzar los dedos o parpadear, respondería: humo. Y es que el humo es como el agua: da vida y la quita.
Esos soldaditos de la muerte; esos tubitos con el apache guiñando el ojo en la punta, han sido mis compañeros más fieles los últimos años, a pesar de que le vayan quitando piedras a mi reloj de arena. Me acompañan del crepúsculo al ocaso, dibujando figuritas que me ayudan a matar el tiempo, y le echan una manito al tiempo para matarme a mí.
El humo difumina la vista de la plazoleta y las palomas, que ingenuas, se tragan las cenizas; me hacen pensar en la implosión de un ave fénix. El bastón y la barba me hacen singular en el paisaje de todos los días pero el tubito apache me acerca a todos aquellos que todavía tienen a Cronos de amigo.
Entre esos muchachos soy un tal Pai Mei o el maestro Roshi, muchos otros algo prepotentes me andan confundiendo con la reencarnación con un tipo llamado Aristóteles. En todo caso me gustan más los primeros, muy orientales, digo me gusta el oriente en otras palabras Japón por una razón sencilla: las bombas.
Esos setenta años de Hiroshima y Nagazaki le dan ideas a un tipo envejecido y es que a veces ¿No les da esa sensación de armar una bomba para volar un pedacito del centro? Digo como para acabar con todo ese legado del Opus Dei, estoy seguro de que a veces las bombas ayudan a un nuevo génesis, obviamente con una etapa principal de éxodo, pues como dicen por ahí “hay que destruir para volver a construir”. Así como Shih Huang T, yo quisiera que la historia empezara desde mi barba, anotar un cuadrangular con mi bastón y una granada... Ya se me quemó el apache, y moverme resulta complejo y tormentoso desde el bolardo, le pediré el favor a un niño de estos de que me compre otro.

jueves, 29 de marzo de 2018

VIERNES SANTO


Ricardo sentía que su erección iba a destrozarle los boxers, así que empujó a Ángela en la cama y comenzó a arrancarle la ropa. Ella lo frenó, pues le habían enseñado desde muy pequeña que la pasión y muerte de Jesucristo debía conmemorarse con respeto y virtud. Ricardo la convenció de continuar; el Señor no verá esto con desprecio, es un acto de amor, le dijo. Al momento del orgasmo los ojos de  Ángela se pusieron en blanco y cayó desmayada sobre el pecho de su amante.
En la mañana Ricardo sintió la necesidad de ir al baño, pero no lograba apartar el cuerpo de Ángela. Pasaron toda la mañana intentando separarse, pero fue inútil. Ahora debían pensar en qué explicación darían para no realizar la Eucaristía del Sábado en la noche.

miércoles, 28 de marzo de 2018

JAGUART (Poetic art)


Una ráfaga de astros 
salpica de tinta el papel:
es un felino que relata
los universos en su piel.

Desencantado sobre un árbol
en otoño permanente;
bajó con la agilidad de un rayo
en un impulso vehemente.

 
Dejó atrás el paraíso verde,
pisó los suelos agrietados
y conoció un  infierno inerte
de muros pintados.

Se le tiñó el pelaje de historias:
Constelaciones de prosa…

Los zarpazos van sin métrica,
él apenas sabe contar piedras;
ritmo: solo el que ha escuchado
al oír gritar a sus presas.

En la selva es depredador,
en la calle una fiera digna de temor;
en el papel coleccionista de mundos
y entre las palabras cazador.

martes, 30 de enero de 2018

EPIFANÍAS

Miguel Ángel  tomó el bus para su casa, una vez más malhumorado e indeciso. Llevaba unos dos años esperando a que Camila regresara con él. Miró por la ventana buscando dejarle sus problemas al cúmulo de edificios que iluminaban la ciudad, mientras el ruido de las puertas automáticas se abría en una parada sin importancia; un muchacho de buzo rojo y con la capucha puesta se sentó a su lado.

Un par de paradas después, el muchacho del buzo rojo puso su mano en el hombro de Miguel  Ángel y le dijo <<Ya es hora de dejarla ir>>, luego salió del bus y se  perdió entre la gente. Miguel Ángel llegó a su casa y, guiándose por el impulso místico de aquella señal del destino llevada a él por un desconocido, decidió escribirle a Camila un mensaje definitivo de despedida y la bloqueó de todas sus redes sociales.


Al día siguiente el muchacho del buzo rojo abordó el bus en una estación cercana al centro y se acomodó en un puesto al lado de un viejo: <<Ya es hora de dejarla ir>>, le dijo y descendió en la siguiente parada.

domingo, 21 de enero de 2018

…FAITHLESS

Ayer es una palabra utópica.

La magia que encontré en el mundo se ve con una bruma de incienso negro, un espectáculo falso: la magia del mundo es una mentira. La luna es un pedazo de icopor corroído que adornó alguna vez la maqueta de un niño tonto, se pavonea con una fingida grandeza por el cielo, ante los ojos humanos porque el resto de astros no la toman en serio.

El sol es una estrella olvidada de cine, que necesitan los viejos y los optimistas para disfrazar de dorado sus días en obra negra; la lluvia deja de ser un milagro para causar tragedias por ser saliva del diablo. Los árboles son cegadores espectros de monstruos petrificados.


El poeta cambió su lápiz por una navaja, la tinta no satisface su deseo de sangre; los escritos que le sirvieron para ganarse un mérito, hoy son menos valiosos que él. La vida es un film de bajo presupuesto con un guión improvisado que no tiene otro sitio que el anaquel de un perdedor. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

Cuando el insomnio es quien recluta


Cansado de dar vueltas en la cama, el pobre diablo de semblante quijotesco y labios púrpura ha intentado hacer un pacto con Morfeo, que otra vez lo abofeteó con sus alas. Despierto pero dormido… Se enterró un alfiler en las llagas y vio su líquido vital transformado en agua ceniza.

Se aproximó a la ventana y sintió retumbar su letargo al ver las balas de la lluvia perforando el arco colorido del cielo. Arco que él percibe en matices carbonizados, que quisiera delinear con su espada envainada en polvo, para esperar que lo mate tiempo.

El cañón ágil de su fiel compañera se convirtió en telescopio: revela la hostilidad del paisaje marchito que él mismo hizo trizas. La caneca de ladrillos en la que apenas existe, está tapizada por primeras planas unidas por suturas, unidas por el cuero salvaje que recubre su cuerpo de lánguido autómata de la muerte.

Algún recuerdo mutiló las ganas de estar vivo y apenas consigue agitar su bandera tejida en retazos de basura. Sus lágrimas no logran borrar la pintura desvanecida de su arrepentimiento, la falsedad de su señor feudal lo sepulta y acribilla en sus cuatro muros, mientras sueña con la risa macabra de otros tiempos.

Un fantasma de carne y hueso que desde su cama intenta sustituir las imágenes pero vuelve a dibujar las mismas; tatuadas en sus manos las súplicas, salpicada en su uniforme la agónica esperanza, los lamentos que le taladran la cabeza a cadena perpetua, son los barrotes que lo encierran en la jaula de su justicia.

domingo, 19 de noviembre de 2017

¡DISPARA!

A RIMBAUD

Un cañón dibuja un círculo en mi frente. Deja que te cuente una historia, deja que te recite un par de prosas, deja que te dicte mi epitafio. Me pides que me arrodille y no sabes que soy un rodamonte, yo muero de pie y es mi clorofila un veneno que salpicará tus ojos.

Un cañón dibuja un círculo en mi frente. Eres  un reptil que muerde su cola, una plaga caída del cielo, es tu patria el trapo sucio de Dios. Yo vengo de la tierra, y son mis raíces las que me has de devolver al plantar en mi cabeza las municiones. Me asqueo de la parte “pura” que corre por mis venas; habría preferido mi sangre  manchada de flores, de ríos y del olor de la selva, mi carne perseguida por animales mortíferos, pero la heriste con la santísima espada del evangelio.

Un cañón dibuja un círculo en mi frente. Soy falso, soy un ladrón, soy mediocre… Naufrago en el agua de cementerio por la que conduces tus carabelas. Pero también soy un esclavo, que no dudaría en poner en la piedra de sacrificio a tus profetas y hundir en su corazón el mismo puñal. Soy incapaz de comprender el lenguaje de la infamia a pesar de que el pincel del cuerpo bendito endemoniara mi piel con su color.

Un cañón dibuja un círculo en mi frente. Me hablas de una redención: la prisión de mis instintos. Encontré un éxtasis divino en mis pesadillas, dulce el sabor de mis heridas. Desnudo sobre esa cruz en las alturas he gritado “amén” para que sonrías de asco y de placer. Quiero escuchar la última nota de tu escopeta recortada, sentir mis labios alegres y saborear los ríos escarlatas. Ahorcado al filo de la luna, mi cuerpo malformado te ha de perseguir.

sábado, 18 de noviembre de 2017

La Sed del Ojo: un rollo completo sobre el libro de Pablo Montoya Campuzano

Un negativo
La sed del ojo muestra una Francia decimonónica, donde el falso liberalismo y las calles saturadas por el comercio sexual son la escenografía cotidiana de la vida Parisina. En las páginas de la novela se echan a andar personajes decadentes se venden por algunos francos y una pizca de placer, en contraste los protagonistas de la historia persiguen el carácter sublime de la desnudez.

El álbum entero
De antemano un dato que a mi parecer es primordial: la novela está narrada por tres voces; cada una dibuja, en su perspectiva, la obsesión por la desnudez. Estas voces corresponden a Madeleine, un policía de París que investiga un caso sobre la difusión de fotos pornográficas, lo que no solamente persigue por ser un delito, ya que se siente obsesionado íntimamente por las fotografías; Belloc, el fotógrafo que hace las capturas de los desnudos, quien trabaja con la técnica del daguerrotipo y la estereoscópica; Chaussende, un médico, amigo de Madeleine, coleccionista de arte que comparte amenas conversaciones sobre pintura con el policía.
La época donde se construyen los hechos es el siglo XIX, entre 1850 y 1860, lo que solamente es claro por indicios: frases como “en estos tiempos Napoleónicos”, la referencia a artistas como Hector Berlioz, y otras pequeñas menciones históricas.
La voz que comienza es la de Pierre Madeleine, lleva siguiendo la pista de un fotógrafo que elabora y distribuye fotografías no solo de desnudos, también de imágenes de la cópula; en este momento ya tiene la orden de captura contra Auguste Belloc, un hombre que aborrece y admira a la vez. Madeleine explica que no odia la fotografía, de hecho también tiene predilección por las imágenes de desnudos, sin embargo lo que le molesta es la distribución, puesto que se prolifera la mirada vulgar sobre la desnudez, aquella que reduce al cuerpo a lo físico y resta el carácter artístico; el problema no está en la imagen, si no en la mirada lasciva y repugnante que le lanza el ojo común. En los siguientes párrafos el investigador, presenta a Chaussende, un médico que colecciona y analiza arte por afición, busca en cada pintura un atractivo que le sugiera la epifanía; al entrar este personaje en escena casi siempre entra a colación alguna pintura, la primera que se menciona es La bañista de Valpinçon de Dominique Ingres (1808), y los dos personajes van dibujando el lienzo y examinándolo, para encontrar entonces el deseado puctum.
La voz que continúa es la de Auguste Belloc, quien comienza explicando cómo comenzó a fotografiar desnudos; las palabras de Belloc hacen referencia más que nada a lo técnico, a lo profundo del manejo de la fotografía y del proceso de las imágenes. En la búsqueda de pistas Madeleine va conociendo personajes indispensables: en primer lugar a Juliette Pirraux, una prostituta con una belleza andrógina que guarda información sobre Belloc y sus fotos, además provoca en Madeleine un deseo férreo de observador. Los encuentros frecuentes con la señorita Pirraux son furtivos, y el policía los narra con lentitud. Dentro del olfateo de rastros, se encuentra en un bar de los suburbios de París con un soldado llamado Lefebvre. Madeleine intenta sacarle información, pero el soldado se rehúsa, sin embargo después de unos tragos el mismo militar da a conocer al investigador varios paquetes de daguerrotipos sobre todo mostrando actos sexuales, en las cuales el mismo soldado es el actor.
Chaussende es médico en un hospital parisino, y atiende a las mujeres víctimas de enfermedades venéreas, es por eso que necesita el arte: para olvidar el herpes, las gonorreas y todas las heridas repugnantes que su trabajo demanda, en él siempre vive el contraste de la decadencia y la suciedad con la belleza y lo sublime. Belloc habla sobre el delito del que se acusa, sin embargo no se siente acorralado, eso es lo que da a entender a lo largo de la novela.
Se presenta en parís la orquesta sinfónica de Hector Berlioz, en esta reunión convergen importantes figuras de la élite francesa, y para la sorpresa de Madeleine, dichos burgueses son los compradores principales de los daguerrotipos pornográficos, pero en su mayoría tienen la cara cubierta por máscaras y antifaces. Entre la multitud Madeleine ve al Doctor Chaussende, pero no lo saluda, simplemente observa los daguerrotipos que ofrecen para la  algunos disfrazados del lugar.
Chaussende gusta de la música de Berlioz e ilustra cada fraseo instrumental, siente que la melodía evoca la persecución de Io, como si en cada conversación entre instrumentos estuviese Zeus persiguiendo a la joven. El médico sentía ver con cada cadencia, la silueta de una mujer difuminándose, como si quien escucha persiguiera a esa muchacha que huye velozmente en cada compás.
Husmeando en los archivos fotográficos confiscados por la prefectura de París, Madeleine encuentra un fotógrafo que parece ser el precursor de los desnudos, su nombre es Jacques-Antoine Moulin. El investigador busca la nueva dirección de Moulin, quien ahora se dedica a los retratos familiares para recuperar algo de prestigio. Madeleine se hace retratar por ganar tiempo, y calculando sus palabras logra entablar una conversación con Moulin, hasta llegar a preguntarle por sus fotografías de adolescentes desnudas; Mouline le comenta que ya no le queda de dichas imágenes, pero que podría conseguir algo distinguido en un taller de la calle Lancry si preguntaba por Auguste Belloc.
Mientras Madeleine se prepara para su visita el taller de Belloc, Chaussende se encuentra en el aposento de Carmen, una prostituta española que le recuerda a La maja desnuda, de Goya, hace que la mujer se ponga en la misma posición de la modelo del cuadro, para que seguido de esto le practique una felación.  
En el camino al taller de Belloc, Madeleine rememora que las mujeres de las fotos, aunque parezcan diosas o logren mostrar una lujuria celestial en las capturas, siguen siendo rameras o mujeres que necesitan dinero. Al llegar se encuentra con la señora Ducellier, una empleada de Belloc que tiene el oficio de “colorear”, o encargarse del secado y proteger los pigmentos a la hora de la impresión de la fotografía. Madeleine termina por inspirarle confianza a Ducellier, y la mujer le muestra la fotografía de una vulva, lo que le da al policía todas las pruebas para detener a Belloc.
La siguiente voz es la de Belloc ya en su celda, en ese instante se presenta Madeleine, quien le revela que es él quien tiene la mayor parte en su proceso judicial. Por pequeñas frases Madeleine le da a entender su admiración a Belloc, y este le suplica que guarde 24 fotografías. Finalmente Madeleine las esconde dentro de un herbario, lo que se sabe cuándo se las muestra al Doctor Chaussende. En el último capítulo Madeleine cuenta con amargura que Juliette Pirraux está enferma, y la afección es mortal por la carcome desde el útero, piensa en visitarla, pero al llegar al apartamento de la joven la ve salir, y se queda escondido detrás de una fachada observándola.

Lo que se escapa entre tomas

Varios de los sucesos se narran en la novela son reales, Montoya los conoció en sus años investigando la historia de París y quiso recrear los hechos con su estilo escritural. Auguste Belloc en realidad existió y los 24 daguerrotipos salvados reposan en la Biblioteca Nacional de Francia. La orquesta de Hector Berlioz (1803) también existió y el tema de la escena de persecución se llama Symphonie Fantastique. El único ápice de anacronía que se le escapa a Montoya es la citación de un fragmento del capítulo 7 de Rayuela, lo que disfraza sugiriendo un recuerdo borroso de Madeleine sobre un poeta belga. Las obras de arte que se mencionan son: La bañista de Valpinçon de Dominique Ingres; Eva de Durero, Florencia de Tiziano, La Maja desnuda de Goya, La odalisca rubia de François Boucher y Ariadna de Vanderlyn. El daguerrotipo es un procedimiento fotográfico que data de 1839, la imagen se forma sobre una superficie de plata pulida, las placas eran de cobre plateado; la imagen revelada está formada por partículas de aleación de mercurio y plata. La estereoscópica es una imagen que devela una profundidad que da una percepción realista o si se quiere tridimensional.

Medina Reyes tuvo un par de buenas ideas...

“Betty no tiene  idea de lo que es un matamoscas, no sabe quiénes son Sid y Nancy, no lo sabe.” <<Y usted tampoco>>, eso pensé apenas terminé de leer esa línea. En el primer capítulo hay una indicación te dice “Suena música de los Sex Pistols” y cuando leí “El tipo que canta se llama Sid Vicious”, supe  que, quien narraba,  no tenía ni idea de la banda. El que cantaba era Johnny Rotten. Se supone que Sid tocaba el bajo; lo que tampoco era cierto, pues no tenía idea de cómo hacerlo, solo se subía a alardear con el instrumento desconectado para evitar dejar a la banda en ridículo. El recuerdo de esa lectura y del pensamiento vino a mi memoria una noche mientras caminaba por la décima con quince en compañía de unos amigos; algunos de ellos tampoco sabían quiénes eran Sid y Nancy, y en realidad les interesaba muy poco, y a pesar de ello habían leído la novela de Medina Reyes así que charlamos un rato sobre varias cosas del texto.

“De pronto Medina si sabe cómo fueron las cosas en esa banda, el que no sabe es Rep”, les comenté, y trago tras trago fantaseaba con encontrarme al tal Rep por la 26 o por alguna calle de Chapinero y dejarle un recuerdo de mis botas en la nariz.  Rep, era un tipejo que había tomado un curso de cine y se le ocurrían un par de ideas para crear películas independientes; no tenía por qué saber de música. Sin embargo, debía saber que Sid era de Londres. Sid corría ebrio o drogado por las calles de la capital del Reino Unido, con una cerveza en la mano o arrojándole tampones usados a los transeúntes; supe por Alan Parker que frecuentaban un bar que quedaba en la Oxford Street y que hacían estragos, él y sus compañeros, por Piccadilly Circus y otras avenidas del centro. En Londres las calles tienen nombres, recordando a algún héroe patriótico o haciendo referencia a lugares históricos. Si las calles de Bogotá tuvieran nombre ¿Cómo se llamarían?, la calle del grafiti del león de tres cabezas, la calle del árbol gigante…

El Zombie decía que le gustaría encontrar un día de estos la calle de Diógenes, no por Sinope sino por el nombre de su banda y sus canciones que se oyen en Las Nieves y en La Perseverancia. Yo me he topado con la calle de María Mercedes Carranza o con el callejón del fantasma, sin saber que tiene que ver Carranza con esa calle o si un fantasma anda por la otra; tengo presente que algunas calles de Bogotá tienen nombre, en especial las más antiguas, las del barrio La Candelaria o Las Cruces; muchas otras calles se han ganado sobrenombres: la calle de los libros, la calle de los eléctricos, la calle de los burdeles, la calle de los mariachis y aquella que llamaban la L por la forma que tenía.
Toba, uno de los amigos de Rep, vive en Chapinero, trabajó en la Zona Rosa y vendía cosas en el mercado de las  pulgas los domingos; es curioso como al escuchar estos nombres, o al leerlos, inmediatamente el cerebro los relaciona con algunas imágenes, pero en especial con números, nomenclaturas que le dan un orden a la ciudad: La Zona Rosa: la 85, Chapinero: De la 65 a la 51, más o menos. Tal vez con las pulgas se vaya dibujando en la cabeza la estación de la Jiménez y el Parque de los Mártires, parte de Plaza España y todo el trayecto que se recorre para llegar al este sitio de comercio en el que todo lo hay o si no se lo inventan. Esa noche andábamos con un aerosol de graffiti y dibujamos el símbolo de la Okupa en algunas calles, las que transitamos y conocemos, y aunque el dibujo no sea persistente a una capa de pintura nueva, estará presente en nuestra memoria cada que caminemos allí; y tras ese recuerdo la nomenclatura deja de importar para darle paso a la reminiscencia de una imagen.

Cuando ya iban a ser las 5am pasamos frente a la Plaza de Bolívar esperando el momento en que la pintura en colores fríos de la noche se fuera desapareciendo para pintar el día con colores cálidos, y recibir este nuevo lienzo con las cámaras en la mano. Repasamos las cuatro estructuras que recubren el Damero de la plaza, que ha servido de tablero de ajedrez en el desorden de las protestas y los conciertos. Tras la Catedral Primada va quedando la noche y entre la Alcaldía y el Capitolio llegó lentamente el nuevo día. Yo me dediqué a tomar videos porque el enfoqué fotográfico no es lo mío y mientras veía cambiar la escala de colores recordaba  las películas que quería grabar Rep. Las grababan en la Ciudad Inmóvil, por presupuesto. Si grabara una película la locación sería el centro de Bogotá, creo que los personajes de aquella madrugada tienen buenas historias como para pintar a Bogotá con los matices que no ve la demás gente; para mis amigos Bogotá es una utopía distópica, ellos encuentran su utopía en el caos y no solo es el espacio por el que transitan sus zapatos, porque también estas calles están dispuestas a contar historias, esas que hay perseguir. Rep trabajaba con buenos guiones a pesar de la precariedad de sus locaciones, pero yo quisiera para mi película algunas locaciones parlantes, que tengan algo que decir mientras se levantan entre colores y trazos.


Medina Reyes tuvo una buena idea con Rep, tan imperfecto y tan lejano que hasta creo conocerlo. Él deambulaba por la Ciudad Inmóvil, caminando hacia el mar mientras el agua le baña los pies, y yo lo recuerdo mientras la polución secuestra mis pasos; él escuchando a Sex Pistols y Nirvana, yo escuchando las canciones que el Zombie canta con la botella de vodka vacía evocando el micrófono de un estudio de grabación, y mientras Rep se traga y vomita la historia de Viciuos y deja de sentir el sol insoportable, yo sigo leyendo su historia que me parece más entretenida y real que la de Sid y Nancy, mientras el comienzo de una balacera de granizo me golpea la cabeza.

viernes, 29 de abril de 2016

Lo cotidiano...


Como un becerro perseguido por un rayo, Old-Y corrió por lo ancho de la Caracas impulsándose para emprender el salto en el descuido de las puertas automáticas. Un resbaloso aterrizaje pero estuvo dentro de la estación, a tiempo para tomar la ruta al norte. Entró en el ciempiés motorizado, se tumbó con apatía en una de las sillas azules y miró el anuncio corredizo de letras rojas: “Próximas paradas: Calle 100 y Alcalá”; cerró los ojos, por un buen rato y el cansancio hizo lo suyo. De repente, aún adormilada, escuchó una voz robótica que le indicaba la llegada a su primer destino; atontada salió del vehículo y saltó el torniquete para ahorrar tiempo.

Esperó unos minutos y sintió alivio al ver el bus aproximarse. Se dejó caer en las sillas acolchonadas y cerró nuevamente los ojos, faltaban unos cuarenta minutos para arribar en su casa, de modo que había tiempo de hacer antesala al descanso real. Old-Y tenía bastante marcado ese poder que desarrollan todos los que viven en la periferia: ya sea por inercia o por costumbre, ella siempre despertaba en el sitio de la ruta donde debía bajar. Estuvo media hora dormida profundamente, pero inesperadamente Morfeo se ausentó en la Variante que separa su pueblo del anterior; quedó despierta inmediatamente y no tuvo más remedio que disponer su mente a repasar sus anotaciones mentales sobre las clases que tendría al día siguiente y los pormenores del último fin de semana.   

Se puso de pie dos cuadras antes de su parada habitual. Se sostenía con su mano derecha sujetando el tubo del maletero y con la izquierda una de las sillas. En la silla se encontraba un muchacho de una palidez mortal; su acompañante le decía que tuviese fuerza y cuando llegasen a casa podría vomitar todo lo que quisiera, le imploraba que no regurgitara en el bus pues no tenían bolsas y el olor sería fétido el resto del trayecto. Old-Y hizo memoria y notó que cuando recuperaba la noción del viaje en breves interrupciones del sueño, había escuchado al ayudante del bus exasperado: “Pues no hay bolsa, le toca aguantarse. Como lo vea vomitando lo bajo del bus o lo hago limpiar ¿Qué prefiere?”.
-Yo me quedo pasando la avenida –dijo Old-Y en medio de un bostezo.
-¡Pasando se queda! –gritó el ayudante pegándole un puño a la puerta del bus.
-Gracias –dijo ella, esquivando violentamente el apoyo del ayudante para bajar.


Al bajar, aún escuchaba lo que sucedía dentro del bus: se oyó un ruido similar a un balbuceo y una bocarada  golpeando el piso, enseguida el grito del ayudante “¡Le dije que no había bolsas!”. Old-Y sonrío, llevó la mano a su bolsillo y ondeó como bandera una bosa de rayas azules y blancas, riendo entonces con estridentes carcajadas.