Cansado
de dar vueltas en la cama, el pobre diablo de semblante quijotesco y labios
púrpura ha intentado hacer un pacto con Morfeo, que otra vez lo abofeteó con
sus alas. Despierto pero dormido… Se enterró un alfiler en las llagas y vio su
líquido vital transformado en agua ceniza.
Se aproximó a la ventana y sintió retumbar su
letargo al ver las balas de la lluvia perforando el arco colorido del cielo.
Arco que él percibe en matices carbonizados, que quisiera delinear con su
espada envainada en polvo, para esperar que lo mate tiempo.
El
cañón ágil de su fiel compañera se convirtió en telescopio: revela la
hostilidad del paisaje marchito que él mismo hizo trizas. La caneca de
ladrillos en la que apenas existe, está tapizada por primeras planas unidas por
suturas, unidas por el cuero salvaje que recubre su cuerpo de lánguido autómata
de la muerte.
Algún
recuerdo mutiló las ganas de estar vivo y apenas consigue agitar su bandera
tejida en retazos de basura. Sus lágrimas no logran borrar la pintura
desvanecida de su arrepentimiento, la falsedad de su señor feudal lo sepulta y
acribilla en sus cuatro muros, mientras sueña con la risa macabra de otros
tiempos.
Un fantasma de carne
y hueso que desde su cama intenta sustituir las imágenes pero vuelve a dibujar
las mismas; tatuadas en sus manos las súplicas, salpicada en su uniforme la
agónica esperanza, los lamentos que le taladran la cabeza a cadena perpetua,
son los barrotes que lo encierran en la jaula de su justicia.

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